El viaje de Cordelia

Cordelia
Fotografía: Juan Mateluna
Lo primero que ves de mi gata Cordelia son sus ojos: Son celestes y no tienen pupilas. Suele abrirlos sin pestañear mientras se sienta sobre sus patas traseras e inclina la cabeza hacia un lado con la boca entre abierta. A veces deja la lengua rosada asomada.  Su pelaje es gris oscuro con unas rayas más claras y su pancita es blanca. Sus bigotes son más largos y tupidos de lo normal, y apuntan a todos lados, como si quisieran orientarla.

Es ciega, la adopté cuando tenía dos meses y desde entonces vive conmigo en mi departamento de un ambiente y 30 metros cuadrados. Con su oído, sus bigotes y su olfato, lo conoce todo: sabe dónde está la cama y salta con precisión sobre ella, encuentra siempre su caja de arena bajo el lavamanos y su comida en el área de la cocina. Además, cada noche cuando escucha el silencio de mi computador apagado, me huele, viene a la cama ronroneando y se acuesta a mi lado para hacerme dormir -O eso creo yo-.

Cuando alguien llega al departamento y deja su bolso sobre la cama, ella lo huele. Algunas veces los acecha, los ataca y los muerde. Hay ocasiones en que después  de olfatear dentro y fuera del bolso, lo rodea, lo amasa con sus patitas y se acuesta enrollada encima para dormir. A veces sin dormir, se acuesta ahí con sus ojos abiertos, hincha el pecho y suspira.

Quizás le gustan los bolsos por sus olores: una tienda, un parque, una sala de clases, una oficina, el perfume o la mascota de otra persona.  Esos olores de lugares y cosas que no puede sentir con sus bigotes, como los lectores que terminan por conocer ciudades completas que nunca han visitado. Tal vez los relaciona con los sonidos que entran por la ventana y que llaman su atención. Levanta las orejas con los motores de los camiones, las voces de los vecinos en el pasillo y el llanto de un bebé que grita desde el otro lado del edificio todas las mañanas.

Si no llegasen esos bolsos, ella solo podría oler lo mismo de siempre: mi ropa, la cama y el sillón. Hay algo nuevo en los bolsos que la hace ignorar sus entretenciones regulares como jugar con bolsas plásticas y perseguir cascabeles.

Un viernes dejé mi mochila abierta sobre la cama, ella entró y se quedó dormida. La encerré y me la llevé para viajar a visitar a mi familia, por el fin de semana, en la playa. A penas cerré se acomodó y se durmió. Se podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela.
No despertó en las dos horas de viaje, hasta que llegamos y la dejé en la casa de los padres de mi novia. Después de oler  el lugar, se paró en sus cuatro patas y erizó los pelos del lomo. En esa casa hay otro gato: Macarrón.  Era la primera vez que Cordelia olía en directo a otro gato o el humo de una chimenea, la madera de las paredes y la humedad típica de las casas cercanas al mar.

Todo el fin de semana, Cordelia no dejó que la tocaran. Gruñía y bufaba, algo que nunca le había escuchado en el departamento.

Recorrió las habitaciones, atacó a la gente que se le acercó, le gruñó a los lugares donde suele acostarse Macarrón.

El sábado por la mañana Cordelia decidió ir a la cocina. Caminaba directo hacia Macarrón sin saberlo. El gato golpeaba la cola con el piso para intimidarla, pero ella no podía verlo. Chocaron y ella abrió los ojos, se engrifó y gruñó con la cara contraída en un gesto de enojo: todo hacía cualquier lado, menos donde estaba el gato. Macarrón se fue y la dejó tranquila.

El resto del día, como si Macarrón entendiera la ceguera, en vez de atacarla, con una pata le daba toques en la cabeza para que se alejara.

El domingo la metí de vuelta a la mochila para volver. La gata estaba tensa, pero al cerrar se quedó dormida. Otra vez durmió todo el camino.

Llegamos al departamento dejé la mochila sobre la cama tal como cuando nos fuimos y la abrí. No saqué a la gata, pero ella abrió los ojos, asomó su cabeza para oler el cubrecama y siguió durmiendo en la mochila abierta, como el día que nos habíamos ido. Al despertar, tomó su rutina de siempre: sacó unas bolsas para jugar, fue a su caja de arena y a comer en la cocina.


Más tarde ese día, llegó mi novia con su bolso. Cordelia lo olió, lo atacó y se acostó encima. Lo volvió a olfatear y lo lamió.